Tradicionalmente se ha señalado como
elementos de la gestión la planeación, la administración y la evaluación, sin
embargo, es importante considerar que en el proceso de gestión el conocimiento
profundo de lo que ocurre, es central para la determinación de las acciones a
implementar. Esto se vuelve particularmente importante cuando la gestión incide
en la elaboración de políticas públicas que afectarán no sólo a una institución
en concreto, sino procesos formativos, académicos, organizacionales y humanos de
las mayorías.
La gestión aborda la
cotidianidad de los procesos educativos y por eso mismo se justifica la
necesidad de investigar sobre este asunto. Esto implica que se le vincule a
distintos ámbitos, siempre determinada por las políticas educativas y las
políticas públicas. Si bien, no se puede dejar de reconocer que la gestión
tiene distintos enfoques[1], un elemento común a
ellos, es la perspectiva de aprendizaje que aporta, tanto a las instituciones,
como a los sujetos.
La gestión entendida como proceso
de aprendizaje -no solo de las personas sino de las organizaciones- se verifica
entre otros asuntos, en la acción de planificar y administrar, así como en la
existencia y posicionamiento de la organización en el contexto en que existe.
En el caso de la gestión
educativa, ésta se encuentra vinculada estrechamente con la noción o teoría de la educación y el
conocimiento que sustenta el modelo desde el que se aprende y enseña. De
esta forma, no existe una gestión sin referencias teóricas, el problema es que muchos
gestores no están dispuestos a profundizar en las consecuencias de tomar una u
otra postura, y eso les impide saber con claridad hacia dónde se encaminan sus
decisiones a largo plazo.
[1] Se distinguen los enfoques
pragmáticos, sostenidos en la teoría de la acción humana; organizativos; desde
la interacción de los sujetos en el contexto institucional; lingüísticos desde
la capacidad de asumir/construir acuerdos y realizarlos; y finalmente desde los
procesos.

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