Universidad, gestión e ideología.

Las universidades son instituciones mediadoras para la  producción, transmisión, preservación y operacionalización del conocimiento. Se trata de mecanismos sociales que facilitan la configuración de un sector que se dedica de manera formal a la academia, mediante al menos tres  funciones a las que se ha dado en llamar sustantivas: docencia, investigación y vinculación.

Al interior de las universidades –como en toda institución social- existen distintos grupos, que configuran una estructura y que gracias a los roles desarrollados permite el funcionamiento de la institución y su permanencia, y al mismo tiempo posiciona a algunos actores frente a otros. Henry Mintzberg, canadiense, nos ha ayudado a reconocer la forma cómo operan las organizaciones, al señalar que existen seis componentes en ellas: la ideología, el vértice estratégico, la tecnoestructura, el staff de apoyo, la línea media, y el núcleo de operaciones. La única categoría presente en toda la institución es la ideología, de la que todos comparten al menos algunos elementos que les permiten coincidir.

La ideología se convierte en el gozne que equilibra incluso los contrarios haciéndoles buscar las coincidencias para establecer una política de convivencia, incluso cuando no se tienen los mismos intereses o se da el enfrentamiento. La ideología señala el carácter permanente de los principios rectores de la institución. En el caso de la universidad la ideología toma nombres distintos, tales como principios o valores universitarios, orientaciones fundamentales, con esta forma de nombrar, se desplaza el término  de ideología por su carácter militante y el cierto tono de cerrazón que suele tener. Sin embargo, el carácter permanente de los principios, valores u orientaciones fundamentales, le dan a estos un carácter ideológico. La forma como los sujetos universitarios se posicionan frente a ellos, constituye el tono de cerrazón o apertura. Así, al hablar aquí de ideología se reconoce el carácter permanente de los principios, y el carácter dinámico de los mismos cuando son interpretados por los sujetos.

Dicho lo anterior, toda universidad está adscrita a un posicionamiento ideológico de carácter permanente. En México existen –atendiendo a su financiamiento- al menos tres tipos de instituciones universitarias, que expresan con esta forma de obtener los recursos, su posición ideológica: instituciones públicas de carácter laico, instituciones privadas de carácter confesional religioso, instituciones privadas de carácter laico. Ya el solo tipo de financiamiento y el carácter de la universidad determina el modo de gestión que se realiza al interior y el tipo de relaciones que se establecen.

Cuando estructura organizacional, ideología y gestión están alineados, la universidad presenta cierta coherencia y menor número de tensiones. Cuando alguno de los elementos en cuestión no están en sintonía el resultado son asimetrías, tensiones y en el peor de los casos conflictos que puedan incluso minar la fortaleza institucional.

Dos ejemplos de las tensiones por no estar alineados, principios u orientaciones universitarias,  estructura organizacional y gestión, se pueden observar en el proceso de toma de decisiones en los colectivos o consejos de las instituciones, cuando los representantes de uno de los sectores identificados por Mintzberg –vértice estratégico, staff de apoyo, mandos intermedios, tecnoestructura o núcleo de operaciones-, actúa y se conduce como representante de su grupo más cercano –llámese división, departamento, centro, dependencia, oficina- y pierde la mirada de conjunto de los que representa. Cuando esto sucede, la toma de decisiones pasa por las filias y fobias o está determinada por los intereses de un sector minoritario ante el resto, pero que por esta actuación de su representante, adquiere una posición de privilegio sobre los demás, con lo que se refuerza su posición política. La gestión queda entonces reducida a la aplicación de procedimientos que son operados en función de los sujetos y no de la institución. Con ello aparecen prácticas como la reconsideración de argumentos y votaciones cuando no resultan favorables, la justificación de las decisiones aludiendo a los principios –aunque no se hayan aplicado-, el rechazo o aceptación a conveniencia de proyectos porque provienen de un grupo contrario; o la evaluación que resalta el carácter subjetivo y casi exclusivo de la valoración, aunque la aplicación del procedimiento solicite datos objetivos como evidencias.

Otro ejemplo de las tensiones que se originan si los principios u orientaciones universitarias, la gestión y la estructura no están alineadas, se presenta cuando se explican los valores institucionales de la universidad. El discurso de por sí dinámico, adquiere un tono dogmático cuando debe reproducir lo que se considera valioso en términos de orientaciones o principios. Pero en ese esfuerzo puede perder su carácter dinámico, que le permitiría la relectura a partir de la consideración de la historia y el análisis de la situación del momento a que se enfrenta la universidad. Si bien las universidades públicas tienen este problema, el carácter laico les permite una más fácil adaptación al tiempo; pero son las universidades privadas de tipo religioso las que tienen mayores problemas al respecto. Esto sucede por el carácter absoluto de los valores que están presentes en sus principios. Esto se complejiza más cuando se considera –aunque no se exprese- que los tiempos pasados fueron mejores. Así, la referencia al fundador de la institución  religiosa que dirige la universidad, se convierte en un elemento inspiracional que difícilmente será cuestionado, mucho menos sus ideas porque aparece una especie de identificación simbiótica entre fundador y discurso.


En este contexto la gestión de la educación superior debe al menos tener presente esta tensión, para convivir con ella. La supresión de la tensión no es factible debido a que ideología, gestión y estructura son elementos constitutivos  de la institución misma.

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